lunes, agosto 22, 2011

El cassette (ejercicio literario que encontré en mi baúl de los recuerdos)



Lado A.

Perdone que no recuerde bien el año, lo que si le puedo decir, es sobre el llamado de Gonzáles Vera esa noche, pidiéndome que nos encontráramos. Ya era tarde cuando lo hizo, imagínese. No me dio mayores detalles por teléfono, y su voz no era la de siempre. Ese hombre sereno y de mirada profunda se había desvanecido en un momento en esa llamada. No era él. Apenas alcanzó a dictarme la dirección y cortó. Debe ser muy urgente para que se atreva a citarme a esa hora, pensé. Había un no sé qué en su voz que delataba su preocupación. Y a pesar de todo, no se puede decir que su tono haya sido el de un hombre desesperado, ni siquiera nervioso. Espero entienda si evito nombrar el sitio de nuestro encuentro, pero hay cosas que preferiría dejar en la memoria del silencio. Así que agarré el abrigo y salí de inmediato, era invierno.

Por alguna razón me sentí como Sófocles o Eurípides, qué sé yo; no, no, en realidad como Esquilo; si, como si fuese yo quien se atreviera a escribir en un mundo hecho al son de las grandes fiestas dionisiacas de esta ciudad, como si una comedia aun no inventada diera sus primeros frutos a nuestro alrededor, como si una risa feroz se inclinara a contemplarnos, mientras nosotros permanecemos atónitos ante el espectáculo. Y aun así sentía que estaba viviendo una risa posterior a la Tragedia, una que se atrevía a anticiparse, lo sé, parece una locura, pero la historia gira en círculos, sin entender quién está primero de quién; digamos una manecilla de reloj que está loca y empieza la hora en el numero que le dé la gana: 12, 1, 6; nada importa en realidad, el numero puede ser cualquiera, total, esto no era una comedia, era una tragedia, una autentica tragedia, y ni siquiera puedo decir que fuese yo una actriz de ella, sino su creadora. ¡Cualquiera que tiene experiencia de males sabe cuando un oleaje de infortunio se le viene y grita a sus oídos un clamor que no es adecuado para curarse! Eso lo escribió Esquilo, o yo, como usted quiera. A veces me parece que soy yo la que retrocede en el tiempo, y sin quererlo me veo caminado en las calles del futuro dibujadas tímidamente en mi memoria, repitiendo a Esquilo, o a mí misma, no lo sé. Pero eso es Santiago. Por un momento era yo quien escribía esa Tragedia de Los Persas y no Esquilo. ¿Sabía que los griegos no permitían a las mujeres interpretar ningún papel en sus obras? La historia se repetía, sólo podía escribirla, jamás actuar: una simple espectadora de un mundo donde me había perdido.

Como le digo, Gonzáles Vera me llamó como un personaje de una obra anónima compuesta por mí.

Sé que nunca nombró nada de esto, pero son esos momentos en los que uno se atreve a escribir con gesto y nada más, y eso fue lo que lo llevó a vivir esos días sobre un escenario compuesto de una ciudad que lleva tatuada nuestra memoria en sus paredes. Y él se empeñó en caminar por sus calles teatrales. Pero no es de la ciudad de lo que tengo que hablar ¿cierto?

De seguro se preguntará por qué quise seguir en esa escena y caminar también por ese mundo dibujados por avenidas y edificios donde me vi de un momento a otro deambulando en mi interior en busca de González Vera. Pero ya le dije, eso fue una escena construida por mí, y sin darme cuenta ya estaba caminando por la calle Huérfanos, apunto de atravesar Teatinos, ahí vi de nuevo su rostro. No el del escritor, sino el de él. Le puedo asegurar que la ciudad se desvanecía en una lluvia torrencial, pero pude distinguirlo bien, me estaba siguiendo. No era la primera vez que lo hacía. Tampoco la última. Me dije a mí misma, ya nada puede ser peor. Recuerdo que agarré el paraguas con las dos manos como si fuera un amuleto o un gran martillo capaz de derribar una pared y escapar a través de ella. ¡Vaya!, un paraguas. Qué se puede hace con un paraguas, dígame usted. Apresuré el paso y dos o tres cuadra más allá, quién sabe cuánto, en realidad, logré tomar un taxi; las cuadras me parecieron eternas, pero lo perdí de vista en ese momento. Santiago es una ciudad que se niega a borrarse de nuestra memoria; tiende a desaparecer o aparecer en medio de la lluvia, las personas también, pero no así de nuestra memoria. Y él desapareció junto con la ciudad en ese momento. Y cerré los ojos, me hundí en ese asiento de salvación, me limité a darle la dirección al taxista y no los abrí hasta llegar.

Como sabe, Atosa, la Reina de Persia, la figura más bella de ese relato trágico de Esquilo, soñó como su hijo al ver a dos bellas hermanas rivalizando entre sí, decidió amarrarlas a un carruaje para mantener la paz bajo su dominio. Soñó a su hijo como un gran héroe, con un hermoso uniforme y ojos profundos sobre ellas. Imagínese soñar sobre lo hermoso, no importa la visión que esté viendo, ya sea a pablo Neruda o el rostro de Proust, el sueño con el sólo hecho de saber que es algo hermoso nos dará la alegría que necesitamos, y Atosa fue feliz en ese instante. Sobre aquellas pobres mujeres dispuestas a sacrificarse, le contaré que Jerjes, el hijo de Atosa, colocó amarres sobre sus cuellos, y echó a andar el carruaje. Pero una resultó ser dócil y orgullosa de su amo, la otra, en cambio, decidió revelarse hasta volcar el carruaje. Creo que usted recordará como esa pobre mujer, Atosa, sabiendo que había sobrevivido su hijo al infortunio, lloró por todas las madres que no corrieron la misma fortuna en ese carruaje como su hijo, que apenas regresó con el uniforme desgarrado a lamentar su infortunio; pero ese carruaje fue en realidad la guerra de los persas contra los griegos. Es decir, cada una de esas mujeres del carruaje fue un país, pero también la idea de la barbarie contra la civilización ¿Y adivine quién fue la bárbara y quien la civilizada?.

Sí, ya sé que no lo sabe, pero la bárbara era la dócil, entiende usted, la dócil, y la que se rebelaba era la civilizada. Por lo menos debemos agradecer que atribuyeran una vez en la vida la idea de civilizada a una mujer. Pero nada es tan perfecto, éramos la guerra. Diosas de la guerra, le pondría yo. Digámoslo de otra forma, todos llevamos un mundo bárbaro y un mundo civilizado dentro, sólo que el bárbaro en muchas ocasiones es el más dócil. Así que cuando escuché la voz de Gonzáles Vera sin la calma acostumbrada, en esos pocos segundos, entendí que aunque el mundo civilizado prime sobre el bárbaro éste había logrado derribar otro carruaje, y ese barbarismo dócil al amo, tarde o temprano lograba postrarse en cualquier café de la ciudad, a altas horas de la noche, preocupado por los ojos que viven sobre nosotros y decidido a afrontar el mundo y sus grietas. Y nosotros acostumbramos a perdernos en éstas; Rilke lo supo, Dostoievski lo supo también, y como no lo iba a saber un escritor con la talla y la humildad de ese hombre, no lo podía creer. Tarde o temprano nos llega ese día, el de la persecución, y así fue que me recibió con un gran abrazo en el café, viviendo esa especie de suerte que nos unía. Pero sigamos con Gonzáles Vera. Parecía nervioso, era difícil saberlo, siempre había sido un tanto misterioso, y con un sentido del humor muy refinado y no creo que haya alguien en este planeta que pueda decir cuando ese hombre estaba de buen humor o de mal humor. Hasta hoy en día me lo pregunto. Y esa vendita manía de mirar a los lados a cada rato. Siempre me molestó ese detalle, pero no me atreví a decirle nada, hubiese sido una impertinencia de mi parte, era un disimulo bastante infantil empeñado en ejercerlo sin la menor precaución. Pero así era él.

Yo estaba empapada, estaba hecha un desastre, pero no me dio tiempo ni de justificarme, aquél hombre silencioso, casi sepulcral, rompió en una serie de palabras sin mantener una oración concordante con la otra, pero con la educación de siempre. Empezó a hablarme de la poesía, de la vida, de los muertos. Todo al mismo tiempo. Nunca lo había visto tan vivo al hablar. Las manos saltaban a todos lados, A nadie se le llama con tanto sobresalto a esas horas de la noche y con lluvia para hablarle de poesía, pensé. Pero ahí estaba, la barbarie, dócil, exaltada por un no sé qué. Sentí que leyó mi pensamiento, y se permitió contestar con un silencio. Después de una pausa, sin darme un mínimo de preparación empezó a decirme: Luis Valenzuela, el poeta, ha muerto, lo tiraron de un décimo piso en una fiesta hace tres días, la policía dice que fue suicidio. Yo no lo creo, y a eso súmale la muerte de los otros escritores en esas últimas fechas. Quise interrumpirlo, decirle que a todos nos llega la hora, pero siguió, era como si yo no estuviera. Manuel Rieles también ha muerto, dijo, a él lo atropelló un auto hace poco ¿leíste la noticia? Le iba a contestar que estaba al tanto de eso, pero no me dejó, como le digo, hablaba sin parar. Continuó con un tono más frío: Esos dos hombres que están a tu derecha me han estado persiguiendo desde hace días, pensé que los había perdido antes de llegar aquí pero ahí están de nuevo. Su mirada se endureció.

Déjeme recordar; a mi edad esto no es para nada fácil. Cuando hablo de ello parece que lo estuviera viviendo de nuevo. Antonio Santos Gonzáles Rojas era un anarquista. Entenderá que no tiene nada de extraño que lo persiguieran, pero por otro lado, era un hombre conocido, una carrera literaria ya hecha, una figura pública, y para colmo de avanzada edad, eso descartaba que a un viejo por más anarquista que fuese, lo estuvieran persiguiendo. Traté de decírselo, pero de nuevo no me dejó. Pero al mirar a donde él me había dicho, con un disimulo menos incrédulo que el de él, en lugar de ver dos hombres vestidos de negro, con mirada inquisidora, o lentes oscuros encontré en su lugar a un hombre alto, de espesos bigotes. Una figura varonil imposible de olvidar. Vi en lugar de los perseguidores de González Vera, al mío. No me di cuenta cuando me llevé la mano a la boca. Mi piel se estremeció. Yo también pensé que lo había perdido cuando me monté al taxi. Sabía lo que estaba pensando. A cada movimiento él sólo daba una bocanada a su cigarro. Me agarró del brazo, pude sentir su pulso como si fuera el mío, el miedo por alguna razón se había convertido en un impulso menos soberbio que mío, fue cuando escuché la voz que decía, espérame un momento, retiró su brazo del mío y se apresuró a levantarse, estaba dispuesto a todo, su propósito era ir a enfrentar a las dos supuestos “matones” que yo nunca vi, yo sólo agaché la cabeza como una niña, entregándome a mis recuerdos en esos segundos.

Según me contó cuando llegó a la mesa, los dos hombres se fueron apenas vieron que él iba en dirección allá. La noche se extendió y a él sólo le dio por platicarme de la tragedia griega.

3 comentarios:

POEMAS SÉPTICOS dijo...

Qué buen texto. Saludos.

Moisés dijo...

interesante... saludos

bitácora-81

Nervinson Machado dijo...

Muchas gracias, tenía tiempo que no actualizaba este espacio y espero poder rescatarlo de a poco