
Cuento publicado en www.indie.cl
Es curioso, le había dicho que me sumergiría en ella, que sería un submarino imparable todo ese fin de semana, un arma nuclear que no la dejaría descansar y vi sus ojos brillar mientras hablaba. Quince minutos después apareció la noticia de un submarino ruso hundido con toda su tripulación. Todos murieron. Desde ahí no se me ha vuelto a parar. Tampoco la he vuelto a ver.
Por razones obvias no daré muchos detalles sobre mí. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? No importa mucho ahora. Son preguntas con una misma conclusión: un gigantesco agujero negro atornillado en un sótano de esta ciudad. Diré, para no dejar nada en el aire, que esta historia comienza justo cuando se acaba la mía. No podía ser distinto. Bastará comunicar que llegué a este país un día de abril cuando en todos los diarios aparecía un presidente peruano sonriéndole al mundo mientras caminaba sobre los cuerpos de unos guerrilleros muertos. La piel se me heló. No fue una bonita bienvenida al sur del continente. Y lo recuerdo bien porque fue la última vez que pude llorar. Y si lo pienso bien, no sé si realmente lloré por esos pobres hombres. Sin embargo, aprendí desde el primer día a hacer una buena imitación de mí; a caminar como caminaba antes, a hablar como si fuese yo y no ese extraño que no era yo a partir de ese momento. Así que nada mejor para despedirme de ese muerto que con unas lágrimas. Lo dejaremos, entonces, como que lloré por mí.
De ella, en cambio, puedo hablar un poco más. Puedo decir, por ejemplo, que conocí a Ceci cuando estudiábamos los últimos grados del liceo y no hacíamos diferencia entre amor y sexo; cogíamos como hámster y sudábamos como obreros. Ella tenía 15, yo 16. Perdimos la virginidad juntos, también la cabeza. Su madre me adoró desde el primer momento que me vio y fue entonces cuando me di cuenta de que era Chilena.
“Él es mi pololo”, me presentó un día y aquello sonó como música para mis oídos. Usó un acento que no había escuchado antes. Hasta ese momento, si me hubiesen preguntado cómo hablaba un chileno, lo más seguro es que hubiese dicho que como argentino o como peruano. Pero qué culpa tengo. Si le preguntan a un español cómo habla un venezolano o cualquier latinoamericano, dirá lo mismo, o intentará imitar con su seseo molestoso a un mexicano o quizá a un brasileño. Todo depende de qué tan creativo haya amanecido ese día. De todas maneras, no entendí mucho lo que decían. Nada nuevo en realidad, porque si hago memoria, no recuerdo que haya tenido conversaciones muy largas con su familia. Tampoco con ella.
Debo confesarlo, soy adicto a las noticias, me he vuelto un voyeur del mundo cada vez que enciendo la tele, y a eso me dedicaba cuando pasaba tiempo en la casa de Ceci; me convertía en el gran ojo de Dios. Hacíamos el amor casi siempre a la hora del noticiero cuando sus padres, casualmente, no estaban en casa. Mi fuerte adicción a las noticas sólo es compensable con mi instinto sexual. A ella, en cambio, le daba igual, creo. Eso sí, conocí a su padre, conocí a su madre, conocí a su hermano menor, también conocí a Bruno, quien sonreía como para que a uno no le quedara la menor duda de que un dentista loco había planeado una venganza cruel contra su dentadura. Pobre.
Dicho de otro modo: habíamos ingresado a un bosque imaginario donde todos los árboles tenían grabado nuestras iníciales y no se necesitaba hablar para entendernos. Simplemente caminábamos de la mano y nos perdíamos en él hasta llegar al fondo de un abismo que nos sumergía cada vez más. Aún me acuerdo de su delicadeza, la finura cuando comenzaba a desvestirse, era digna de un comercial de Calvin Klein.
Por eso, cuando escuché la noticia sobre treintaicinco mil refugiados kosovares desaparecidos de Armenia, pensé que ninguna otra noticia podría superar ésa y fui corriendo a casa de Ceci. Tragué un buche de saliva como si fuese un puñado de clavos. Imaginé por un instante que ella se excitaría tanto como yo por ver una noticia tan espantosa. Mi sorpresa fue otra. Pensé que ella en realidad era una de esos Kosovares. Su casa era un hueco en mi pecho; las paredes no explicaban mi cara de perplejidad. EL sitio estaba vacío. Alguien puso una mano sobre mi hombro, me sequé las lágrimas y no voltee a ver quién era, sabía que no era Ceci. ¿A dónde me había ido yo en ese momento? No lo sé. ¿Quién fui a partir de ahí? Ni puta idea. Lo único que me esperó fue una cara con una sonrisa monalisesca. Era Bruno que me arrastró hacia él y con una voz, juraría, reservada para ese momento, me dijo: “Yo te puedo ayudar”. Su mirada me desnudó.
2
El ruido del teléfono con el tiempo se volvió una bofetada que ha perdido su furia. Es, si me permiten decirlo, la respiración artificial que te da un sicópata sexual para no dejarte morir y a lo cual te aferras sin darle mucha importancia. Es raro, el teléfono no está ahí para ser descolgado. Nadie te contesta si levantas la bocina. Pero de vez en cuando hay un nuevo que lo hace y viene otro y le atraviesa la cara de una cachetada. Con eso despertamos.
Vivimos en una casa alejada del centro de la ciudad. Vista desde fuera, parece un palacio. Sin embargo todos los días tenemos que regresar a esta alcantarilla; si se la observa detenidamente, es posible ver el fin del mundo ahí adentro. Todos dormimos amontonados, en el suelo, menos Bruno, que viene cada cierto tiempo y tiene su propia habitación. Casi nunca lo vemos, se la pasa viajando. Bruno es un fantasma. Sólo se está seguro de que anda por ahí cuando llega uno de los “nuevos”. No sabes cómo pero él aparece y se lo lleva a su habitación. A mitad de la noche vemos a Bruno fumado y al pendejo llorando en un rincón. Nadie dice nada.
Con el trabajo es distinto, para eso nos trajeron aquí a Chile. Trabajamos en un sótano poblado de lo peor de América, en pleno centro de Santiago. Le llamamos las Naciones Unidas. Es un edificio grande. Sólo tenemos oportunidad de contemplarlo desde afuera, cuando una camioneta con vidrios polarizados nos lleva hasta ahí. Somos como un nido de ratas con tecnología, en un sitio con un foco colgando del techo, al que, de vez en cuando, algún gracioso hace girar para que los residuos de luz te hagan recordar qué tan desgraciada es tu vida. De eso se trataba todo esto, de presumir el foco dando vueltas, de la casa lujosa reacondicionada por dentro para ser una cárcel y de seres entregados a lo más oscuro de un edifico.
A veces uno de nosotros es ascendido, porque hasta el infierno tiene niveles. Nunca más lo volvíamos ver. Se hacían mitos fabulosos sobre los otros pisos. Yo trataba de trabajar al máximo para que me sacaran de ahí. Decían que arriba se podía usar el teléfono. Quizá así, penspe, pueda encontrar a Ceci esta ciudad. Para eso vine. Total, el trabajo es sencillo. Sólo tenías que sentarte en un computador, chatear con desconocidas repitiendo frases ya memorizadas y listo, ahí la tenías, alguna siempre cae. Aquí le llamamos “productos”. Sólo son ascendidos los que consiguen diez “productos” por día. Había que hacerse pasar por alguien que estaba jodido. Si era posible, alguien lo más parecido a uno pero sin ser uno. Así se conseguían los productos, también tu pasaporte a la desgracia.
Una vez alguien comentó en la hora de la comida que al preguntarle a uno de los padres (así nos hacen decirle a los guardias): “¿para qué las quieren?” y esto lo dijo con una cara de espanto y de repente miraba al techo y movía la cabeza como si quisiera afirmar algo. El padre –dijo el huevón- se le acercó como si lo fuera a besar, pero terminó mirándolo como si tuviera un solo ojo, se humedeció los labios y colocó un puño que frotó como si acariciara dinero, y luego le dijo: “para mandarlas en trocitos a Europa”. No le creímos mucho al huevón porque se orinaba la cama. Pocos días después nos enteramos de que se había escapado con el mismo padre y nos castigaron con una semana entera de media ración de comida.

3
Hasta que por fin se dio. Me habían ascendido al primer piso, la fiesta de bienvenida fue en un restaurant lujoso con un montón de personas que nunca había visto en mi vida. Ahora que lo menciono, Bruno no es tan malo como parece. Ese mismo día me llevó a un prostíbulo. “te lo mereces”, me dijo. Lo que siguió después trataré de relatarlo en pocas palabras: Una mujer me bailó después de que Bruno extrajera de su bolsillo un fajo de billetes y se lo metiera en el brasiere a la bailarina, luego ella me llevó a una habitación que parecía un chiquero. Me acordé de la casa donde nos tenían, hasta en un prostíbulo se vive más decente, la envidié. Luego me tiró a la cama, me desnudó y, justo cuando pensé que ella iba a hacer lo mismo, se acercó a una cortina que descubrió de un zarpazo. Atrás estaba Bruno y los tipos de la cena quienes se amontonaron en el vidrio como si quisieran traspasarlo; parecían moscas alrededor de la mierda. Yo le pregunté a la mujer que si la tele tenía cable. “sí”, contestó ella. Le pedí que la encendiera y me vio con cara de bicho raro. La colocó en CNN como le pedí. Comentaron sobre siete personas muertas en el concierto del grupo Pearl Jean. Hicimos el amor toda la noche.

4
Ahora soy un tipo con un cubículo propio. Me dejan ver las noticias a la hora de comer. Aquí te dejan hablar con los otros, te dejan que los otros te jodan también. Me dan un fin de semana al mes para salir. Aquí sólo te exigen 30 productos al día. Casi nada en verdad. La competencia es dura, claro, pero no imposible. Tengo también teléfono propio, “para que todo parezca más real ¿cachai?” me dijo uno vez un padre con un tono sacado de una mala película erótica. Quise preguntarle qué película había visto, pero me limité a decirle: “Sí cacho”.
En mi primera salida, Ceci me estaba esperando en la puerta, como si siempre hubiese sabido donde me encontraba. Escuché su voz y mentiría si digo que la reconocí a la primera. La miré con asombro, sin saber a ciencia cierta qué iba a decir. Después de todo lo que había pasado, después de todo aquello que tuve que hacer para venir aquí a buscarla y ella ahí estaba. “tenemos que irnos ahora mismo de aquí” agregó categóricamente. Una hora después estábamos en un hotel. Me miraba como loca y se me tiró encima, después de asomarse a la puerta por lo menos cinco veces. Encendió la tele: la noticia, el submarino, mi desgracia y la caída a lo profundo. Lo demás está claro, salí corriendo despavorido de esa habitación directo a la noche.
Es invierno y hace mucho frío, pienso en el submarino, pienso en mi don perdido para las noticias y también en Bruno y me doy cuenta que él ha sido todo para mí. Camino un poco a pesar de que ha empezado a llover, es una lluvia piadosa de las muchas que aparecen en invierno y de las pocas que te evaporan de la realidad con facilidad.
3 comentarios:
Lo hs escrito tu? es increíble.te sigo.saludos¡
Sí, el cuento es mío... Generalmente no coloco la firma aquí... gracias por tu apoyo..
I get much in your theme really gowns with sleeves thank your very much i will come every day
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