
(relato inconcluso)
Hace poco escuché unos relatos que me robaron una mueca -intento de sonrisa-, a la vez que se convertían en una invitación a abordar un submarino ruso con 120 tripulantes dispuesto a sumergirse en el olvido para no salir jamás. Me explicó, escuché hace poco en un encuentro a varios narradores haciendo un discurso fácil sobre la migración mexicana a Estados Unidos; los inconvenientes que tenían los migrantes, el abuso de los gringos, su prepotencia, y ya saben, todo el resto de cosas que evidentemente no se puede ocultar. Debo confesar que me dejé arrebatar por la ingenuidad latinoamericana que tanto me caracteriza. Hasta aquí, todo bien. De ahí esa elasticidad en mi rostro ¿qué ocurrió después? Lo que ocurre en todo evento: aplausos, gritos, júbilo y si se desea, algún pensamiento picaron hacia el lector. No era mi caso éste último. Poco tiempo después tuve una cita con el baño. Experimenté la dificultad de no saber qué hacer con mis manos, si taparme los oídos para no escuchar al yuppie que estaba dentro de uno de los cubículos hablándole al que estaba en el otro y que alababa la grandeza norteamericana y la decadencia suramericana, o seguir como hasta ahora, apuntando a la mancha que permanecía en el mingitorio como si yo fuese el mismísimo John Wain jugando tiro al blanco. Era evidente que la historia es una copa que lleva un camarero de mesa en mesa hasta que todos terminamos borrachos y aprendemos a sonreír, y si no, por lo menos a llorar, todo depende del tipo de borrachera que nos toque. Eso pensaba, junto a otras cosas más como el hecho de haber escuchado a aquel joven valiente que tomó el micrófono, hizo reír al público y llenó que levantara el pecho con más ánimo.
-Te vi tomándome unas fotos hace un momento –comentó un joven con voz de grandeza, el mismo que estaba en el baño hasta hace un momento y que a mi juicio se había ido por mi excusado al ver que era el mismo que me había hecho aplaudirle un rato antes. La sorpresa fue horrorosa.
-Sí, claro –le contesté- es que me gustó tu discurso.
El joven me ofreció la mano, necesitaba sellar el pacto de solidaridad conmigo, argumenté que necesitaba lavárselas y antes que lo hiciera me perdí de la fiesta, me fui a hundir con ese submarino del que ya nadie sabe y que quizá esté mejor que esto allá en el fondo.


3 comentarios:
se les acabo la porcina? acá está de pelos!!
Nunca se acaba siempre hay nuevas excusas...
a veces tanbién la copa que nos emborracha, nos hace hablar y decir cosas incoherentes en los baños pùblicos
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