
(Artículo publicado en la revista del Instituto Zacatecano de Cultura "Ramón López Velarde" N 13 Oct. - Nov.2008)
Lunes.
Yo.
Martes.
Hace ya varios años que estoy tratando de empezar este diario y no me sale más que una sola palabra. Por mucho tiempo me he encargado de embotellar gestos de otros, vidas que adornan como un souvenir en mi repisa de recuerdos falsificados, y así, trato de volverlos barcos inverosímiles que entran por sí solos a esa botella en que se ha vuelto mi vida. He buscado con ansia un principio que no hipoteque ese desenlace inesperado en que se ha convertido mi mundo. Debe ser porque yo mismo ignoro a dónde irá a parar todo esto. De nada sirve entonces colocar las reglas sobre las que se fundamentarán las contingencias, pues si algo tiene un diario, es que siempre estará ligado a la novedad, a la libertad y sabrá hablar por sí solo. Aunque todo sea una soberana mentira.
He estado ensayando varios inicios que en pocas líneas puedan decir todo y nada de mí. Un día, incluso, decidido a empezar, me vestí con un viejo traje que tenía en el armario y me hice una partidura en medio de la cabeza. Debo confesarlo, me veía sumamente ridículo, pero no me importó, yo había decido hacer un diario y nadie mejor para ello que Marcel Proust, y nadie mejor para imitar a Marcel Proust que yo. Entonces decidí comenzar a escribir con un inicio flojo, poco presumido y coloqué: “Hace mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Pero nada más lejano a mí que eso. Ya sólo me faltaba que dijera después: “al despertarme una mañana, después de un sueño nada reparador, me descubrí convertido, dentro de mi propio lecho, en un gigantesco insecto”. Aunque esto último se pareciera más a mi realidad, el único insecto que había amanecido en esa habitación era ese extraño “inicio” intentado convertirse en la cerradura de mi futuro diario. Así, descubrí que me había metido en un gran problema; menos mal que no me dio por vestirme como Shakespeare. Ahora bien, si el inicio no es una hipoteca al desenlace, si pone en la mesa las reglas con las que tengo que jugar, entonces, digo, nada mejor para empezar que decir: “Yo”. Y nadie mejor para decirlo que Witold Gombrowicz.
Miércoles.
Llevo tanto tiempo cambiándome de un país a otro en este continente que el nombre del escritor polaco Witold Gombrowicz me suena a consuelo. Lo expongo así: Gombrowicz había zarpó en un barco rumbo a Argentina poco antes de que Alemania invadiera Polonia en la Segunda Guerra Mundial. Lo que lo llevó a quedarse refugiado ahí. Así comienza una vida de miseria, un intento desmedido por escapar de todo, y Argentina parece en sitio perfecto para esconderse de sí mismo, de su condición de escritor y de noble. Esos primeros pasos me hacen pesar que llevo varios días escapando de mi casera.
Mi manía de imitar a Gombrowicz está tomando dotes alarmantes. Ahora no sólo en la forma con que inicio este diario lo estoy haciendo, sino también en este intento desesperado por escapar de los adultos, de los países y los convencionalismos. Ya en su primera novela, Ferdyrdurke (1937), el autor mostró un talento de mago escapándose de “ese mundo artificial y de las rígidas tramas y estructuras de los escritores polacos de su época”. Su antihéroe, un escritor que es llevado de regreso a la primaria, intenta llevar a cabo una “rebelión trágica y desesperada contra la deformación” en que se encuentra inmerso. La novela fue tomada por la crítica de su país como “los desvaríos de un loco”. Lo cual me hace recordar al excéntrico y anecdótico George Perec, quién definió mejor estos desvaríos: “…Joyce mostró que es fácil destruir la escritura; el problema ahora, me parece, es reinventarla”. Creo entonces que escapar es reinventar; escribir, huir.
Jueves.
Ayer por la mañana pasé por el pasillo donde queda el departamento de mi casera, camino obligado -debo aclarar- porque el elevador está descompuesto. Vi algo que me sorprendió. En su puerta había una nota justo debajo del ojo. El escrito no encajaba en nada con esa señora robusta, pálida y de aspecto sombrío que me provocaba un terror tremendo. Me acerqué con mucho cuidado para verificar que aquel papel no era una trampa de mi paranoia. Pero no. Como si se tratara de Williams Borroughs, la nota decía: Si no ha tenido una verdadera experiencia con la muerte no se acerque.
Ahora pienso que la muerte puede ser considerada una lejanía de los relojes. Recuerdo cuando entré por primera vez a su casa ¡no había relojes! Pero ahora me pregunto, si el tiempo puede transcurrir independientemente de ellos. Gombrowicz, por otro lado, tenía su propio reloj de bolsillo que funcionaba muy distinto al de los otros, y estoy seguro que lo adelantaba 10 minutos cada día para darle esa vitalidad futurista que tanto me ha atrapado; sus novelas estuvieron plagadas de una pluralidad de voces, de coqueteos ininterrumpidos con la paradoja y un arte original que pudo desplegar en su diario. En eso estaba pensando cuando con una suavidad casi imperceptible se fue abriendo la puerte, tal vez unos 5 centímetros, no más que eso, y ahí estaba yo tratando de leer ahora no un papel sino un ojo, uno muy diferente al de la puerta; éste más bien parecía el de una vaca, aunque mucho más pequeño, y de nuevo me sumergí en ese otro episodio del diario de Gombrowicz que describe como “tenso”: “paseaba por una avenida dibujada por eucaliptos cuando de detrás de un árbol salió una vaca. Me detuve y nos miramos a los ojos. Su condición vacuna sorprendió hasta tal punto mi condición humana, que me sentí confundido en tanto que hombre, es decir en tanto que miembro de mi genero, del género humano”. Entiendo ahora como se puede sentir esa vergüenza y terminar así convertido también en un animal, un animal extraño, “hasta diría que ilícito”. Y yo, a pesar de no estar al frente de un animal, me sentí de la misma forma. Aquí el animal era yo y no ella. Yo que le debía dos meses de renta y que su sola mirada, húmeda y solitaria, confirmaba mi vida ilícita y de animal.
Viernes.
Ayer de nuevo cuando regresaba a casa me topé con mi casera en el pasillo. Se dedicó a ignorarme con un silbido impertinente. Sin embargo, me seguía con su mirada de vaca, la cual era una dolida y catastrófica visión de mi vida.
Sábado.
Le dije esta mañana a mi casera que yo era un duque, de la misma forma que Gombrowicz le gustaba –por diversión- presentarse ante sus amigos en Argentina. También le recordé que era escritor y me vio como un loco. Para mi sorpresa, me pidió que me acercara a ella y como si fuera un susurro venido del más allá me dijo al oído:
-Sirva para algo, flojo. Escriba de mí.
Domingo.
La primera vez que me presenté en su puerta, hace unos meses decidido a tomar el departamento, le implanté mi condición de seudoescritor. Me presenté como alguien reconocido, aunque en mi propia casa (es un decir, para referirme a la casa de mi familia en Venezuela) ya se les había olvidado hasta mi rostro. Así que esta mañana me planté ante ella con un tono exagerado para que tomara en cuenta mi origen extranjero, recordé de una frase que había leído en Trans-Atlántico y adopté una posición de firme como la que me habían enseñado en la escuela, estiré mi cuello y casi topando con su rostro le dije:
-Óigame señora –la voz se me quebróinmediatamente-, quiero que sepa que yo soy un escritor, un duque, un Gombrowicz, de los Gombrowicz Gombrowicz. ¿Me comprende?
Creo que no sirvió de nada todo aquello, porque ella respondió sin titubeo y con una gran sonrisa de triunfo:
-Yo también soy una Gombrowicz, de las Gombrowicz Gombrowicz.
Ahora me pregunto qué haré con esta señora que está allá afuera esperándome y ha encendido un cigarrillo y levantado su falda hasta las rodillas. Ha cruzado sus piernas para echarme en cara lo que significa ser de una verdadera nobleza. Qué haré ahora cuando esta Gombrowicz no sólo se ha instalado en mi diario y en mi vida y está justamente afuera mostrando sus várices para que yo me dé cuenta que significa estar todo el día parado en pie de guerra ante la literatura. Qué haré ahora cuando ella me ha dicho que todo el edificio espera, porque ha gritado a todo mundo que soy escritor, que escriba también sobre todos ellos, que hable de sus vidas míseras y olvidadas en este diario. Qué haré ahora cuando a mí me ha dado por mudarme ya no sólo del edificio sino de este país y de mi vida.


6 comentarios:
Gracias...
Es un honor que tu comentario adorne el pié de mi blog.
Espero y vuelvas pronto a mi desolado Bosque.
Buena Vida.
Me ha encantado el texto, de verdad. Y qué bueno que vuelvas a las lides.
Muchos saludos desde Chile.
Hola, Nervinson. Hace mucho que no nos vemos. Qué hay de nuevo???
abrazo, g.
saludos, hemos armado un libro hace poco, si quieres descargarlo lo puedes hacer desde mi blog.
El libro se llama NOVENA EXMACHINA y es de poesía y ensayos.
aBRAZOS DESDE mÉXICO
Gracias Victor, ya lo descargué y lo estoy leyendo...
Querido Nervinson:
Nada es predecible en la vida de los seres dotados de mil ojos no siempre cerrados. Me fascina ese recorrido diarístico por la habitaciones de ese palacio de invierno, pero siempre solitario, en que los espíritus sensibles acaban viendo convertida su vida.
Carlos
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