
A ver, cómo comenzamos. Los hechos fueron los siguientes: Las ciudades se acercan o se alejan según los ojos que la proyectan, y eso no fue muy distinto en este caso. Incluso para mí que me encuentro viviendo en un sitio oscuro llamado Santiago. Para ser más especifico, Santiago de Chile. Un país que a veces me parece México, en otros Venezuela, a ratos, un desierto, pero es Santiago, un sitio único y parecido a todos a la vez. Pero seré breve, Borges lo vivió, y yo lo viví junto a él. Es difícil relatar algo como un cuento, cuando en realidad es un hecho que se esconde entre la delgada sábana blanca de la historia. Pero las palabras fueron lanzadas al aire, y ya no hay quien las recoja, y tal vez, por eso me toque a mí hablar sobre el tema. Pero soy un escritor, y estoy acostumbrado a mentir, o digámoslo de otra forma, a decir la verdad mintiendo, y no hay por qué preocuparse, el orden de los factores no altera el producto en este momento. Así que mejor dejamos las matemáticas a un lado. De hecho, si hubo un encuentro inesperado con Borges. Pongamos 1969, en cualquier mes después de febrero. Prefiero no abrumar con los datos precisos, no ahora, por los momentos podemos prescindir de ellos. Preguntarán cómo sé tanto sobre esto, pero ya lo dije, soy un escritor y los escritores inventan, pero esto en realidad no es un invento y no sé si ahora pueda seguir diciendo que soy un escritor. Es la pura verdad. Pero lo que voy a contar tiene que ver con el encuentro entre tres personas y dos ciudades, o quizás, tres ciudades y una sola persona o cuatro personas y cuatros ciudades. Perdónenme, aun no me pongo de acuerdo en las ciudades, y dudo mucho que lo haga. Pero eso por los momentos no nos interesa tampoco. Las ciudades existen o dejan de existir según como las queramos mirar. Las personas también. El hombre a quien me refiero llegó solo, con bastón de una lentitud envidiable y se sentó a la orilla de un banco en medio de una plaza percibiendo el río que se dibujaba como una corriente inagotable corriendo sin riendas en su imaginación. La vista no le daba para mucho en esos días, digamos que yo estaba en el banco, o no, mejor, aclarémoslo de una vez. Total, de igual forma se tendrá que descubrir. En realidad, yo era el banco. Puedo asegurarlo, fui un banco por un día. O por lo menos, lo intenté, y si no, no podría estar contando esta historia justo en este preciso momento. Pero como dije, dejemos las matemáticas a un lado. Borges llegó, se sentó, contempló el paisaje con la mirada triste de un inmortal expuesto a un horizonte inagotable, como si él fuese un gran espejo de este mundo, y el mundo se vio a si mismo, y Borges volvió a sumergido en una soledad del inmortal, sin percatarse del acompañante que guardaba silencio a su lado.
Alguien tocó el hombro del otro. Por supuesto que no fui yo. Para el momento en que me encontré con Borges, o él se encontró conmigo, no lo sé, aún no me pongo de acuerdo en esto, había otra persona a su costado, o digamos, a mi costado. Pero esto creo que ya lo dije. Imagino que fue el acompañante misterioso el que hizo el gesto al ilustre escritor, y lo hizo con un gran respecto. Cómo no respetar a Borges ¡por Dios! es Borges y es el año 1969. Su vecino, digamos, el primero que estaba en el banco, era un hombre delgado; no, más bien, un joven delgado. Lo sé por el peso. No el de los años, por supuesto, eso sólo me sirve a mí, sino por la consistencia física y la actitud ligera y medianamente robusta. Mi pobre espalda servirá como prueba de este hecho ahora. Por la posición en que estaban no pude ver el rostro del otro en realidad, ni quien tocó a quien, y las voces, apenas distinguibles para mí, me dejan conservar este relato, más allá de las descripciones necesarios para entendernos. Pero si sé quien inició la conversación.
-- Lo estaba esperando.
-- Usted y yo nos conocemos –se apresuró a decir Borges, con la voz pausada y el tono cortés que daba el baile silábico de su voz --, permítame saludarlo de nuevo.
-- Si, lo recuerdo –agregó su interlocutor con un especial asombro--, usted y yo nos hemos encontrado en otra ocasión. Y si me permite, creo que dejamos un tema pendiente de esa primera conversación
-- No, no, permita que le corrija; yo hablo todos los días con usted. Aunque no se haya enterado. Pero eso será algo que la edad le irá enseñando. Pero con referente a nuestra primera conversación, no se alarme.
-- Perdón, pero usted me está confundiendo entonces. Apenas es la segunda vez que lo veo, y usted creo que sigue insistiendo en lo mismo.
-- Usted y yo hemos hablado, sin hablar. Aunque sólo se recuerde de aquella conversación acaecida en febrero de este mismo año –Los dos se estremecieron, el frio era algo que compartíamos todos en ese momento--. ¿Se recuerda? Usted estaba en el mismo lado del banco y yo en esta misma posición. Aunque yo para entonces me encontraba en Boston, específicamente en la ciudad de Cambridge, y usted, a orillas del Ródano. Al Igual que ahora.
-- Pero para ese entonces, usted no era más que un sueño.
-- Al igual que usted, y por eso estamos aquí de nuevo.--Una risa sin fuerza salió de ambos, (no encuentro otra forma de describir esa sonido torpe). Alguien les pidió permiso para sentarse, los otros dos se miraron con cara perpleja, ante aquel gesto, y sobre todo, yo, me quedé perplejo también; un banco no está hecho para tantos, si acaso para dos ¡Pero tres…! Aceptaron, me imagino para no ser descorteces, pero procedió un silencio, que casi se rompe cuando uno de los Borges decidió tomar la iniciativa y despedirse del joven levantando una mano. El extraño tomó la palabra y les dijo:
--Perdónenme Señores, mi intención no fue perjudicar su conversación, pero temí que se fueran antes de tiempo. Y necesitaba hablar con los dos.
Tengo que reconocer que se me heló la piel, perdón, la madera. Ya bastante extraña se me había hecho la conversación anterior como para colmo un desconocido se sentara sobre mí y le dijese así, sin más contemplaciones: Borges necesito hablar con tigo y con nuestro amigo menor. De pronto me puse a reflexionar sobre mi estado, y no sobre el de mis ocupantes. Y me vino a la cabeza, ¿si uno está en Cambrige y el otro en el Ródano, dónde carajo estoy yo?
--Permítanme presentarme, aunque ante ustedes no debe de tener mayor cuidado. Mi nombre es el mismo que los ha acompañado desde que nacieron. Es decir, Jorge Luis, y mi apellido, ya lo sabrán, Borges. -Sólo esto me faltaba.
El nuevo ocupante, no sé, cómo se puede describir, diremos que era mucho mayor que Borges, pero a la vez, mostraba una vitalidad casi parecida a la del joven. Sus gestos eran finos, y un acento que casi podría jurar que cantaba algún tango cuando hablaba. Eso si, los tres tenían un estilo peculiar para hablar, como si la palabra no necesitara del tiempo, o como si esta habría que contemplarla con la paciencia de todas las generaciones. No quiero filosofar sobre esto, pero es cierto, el tiempo parecía alargarse con aquella conversación que se prolongó en una poética en desuso más que en su contenido.
-- Tal vez ustedes no me reconozcan, pero les aclararé la memoria –dijo el anciano rejuvenecido— Yo soy ustedes dos a la vez soy yo mismo. Y también me he invitado a esta reunión.
-- ¡Qué! –Gritó el más joven con un gesto de asombro y Borges, y digamos que el Borges viejo se turbó de hombros, como si aquello no lo impresionara.
Lo que siguió después fue una serie de explicaciones, que por mi poca experiencia en hechos como estos no podría traducir. Lo que si puedo decir, es lo que se explicó después, cuando le dijo al Borges que se encontraba con la mirada más perdida que nunca esto:
- escribirás un libro, lo titularás El libro de Arena. En él contarás esta historia, pero me obviarás a mí, no porque no lo recuerdes, sino para que no seas acusado de locos, ya bastante tendremos con toda esta gente que nos ha acusado de fantasear con la realidad, como para que le digamos la verdad de este hecho y nos acusen ahora de quién sabe qué.
Perdónenme que me meta, pero si digo esto es por lo insólito que pasó despues. Contó que si estaba de nuevo ahí, era porque estaba muerto y que venía a contar un cuento ¿Pero para qué se quiere contar un cuento después de muerto?


3 comentarios:
Que buena caricatura de Borges...
Hola Nervinson! Como haz estado todo este tiempo? Veo que te gustan los blogs... pasa por el mio cuando quieras: http://rafaeluzcategui.wordpress.com
Un abrazo, Amigo siempre
Lito
Ner.......No se si tu intención era divertir o si no tenias ni intención siquiera.......... consigues hacer sonreír imaginadote ahí como un vouyer aguantando estoicamente el gramaje de la personalidad que citas y mas aun el peso de lo que mencionas velozmente con afán de que no nos demos cuenta ( eso si estoy segura ) Tu edad. Además estamos estrenando y gastando un año que recientemente adquiriste arbitrariamente , porque estoy segura que nadie te pregunto si lo querías . Saludos-abrazos . Dani
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